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Si un curso y todo el currículo conductista no son más que un conjunto de objetivos terminales expresados en forma observable y medible, a los que el estudiante tendrá que llegar desde cierto punto de partida o conducta de entrada, mediante el impulso de ciertas actividades, medios, estímulos y refuerzos secuenciados y meticulosamente programados, se comprende entonces que la enseñanza conductista sea un proceso de evaluación control permanente, arraigado en la esencia de lo que es un objetivo instruccional.

En la perspectiva conductista, después de definido el programa Instruccional, evaluar no es diferente a enseñar, pues suprimida la subjetividad aleatoria y sesgada del maestro en los objetivos específicos, su función se reduce a verificar el programa, a constituirse en un controlador que refuerza la conducta esperada y autoriza el paso siguiente a una nueva conducta o aprendizaje previsto, y así sucesivamente.

Los objetivos instruccionales son los que guían la enseñanza, los que indican lo que debe hacer el aprendiz; por ello, a los profesores les corresponde sólo el papel de evaluadores, de controladores de calidad, de administradores de o refuerzos.
El refuerzo es precisamente el paso que afianza, asegura y garantiza el aprendizaje. Dado un estímulo (o un problema) y presentado un modelo de respuesta adecuado, el estudiante debe recibir del profesor la aceptación, el premio (o la nota), es decir, el refuerzo cuando logre reproducir la solución correcta o la respuesta modelada para problemas similares. 

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